Regalos para devolver

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Lo escuché esta semana y me llamó la atención: “Hoy se cambian más regalos de los que se hacen”. Me lo dijo un vendedor cuando fui –como casi todo el mundo- a cambiar mi regalo de Navidad. Aunque matemáticamente objetable, la sentencia me pareció que escondía una verdad y recordé, tal vez a fuerza de contraste, los primeros regalos que había recibido de chico, cuando la idea de querer cambiarlos por otra cosa era no sólo una abominación sino algo que no existía.

Por aquellos años, hay que decirlo, nadie ponía demasiadas expectativas en Papá Noel. Lo suyo eran medias, calzoncillos o alguna que otra colonia. Nunca un juguete y ni que hablar de una bicicleta. Era principios de los años ochenta y para los de mi edad los mejores regalos posibles eran aquellos que recibíamos de las manos legendarias e invisibles de los Reyes. Eran ellos y sus camellos alimentados con nuestro pasto y nuestra agua los únicos capaces de regalar lo que uno quería. Papá Noel era por entonces un personaje secundario en el arte de elegir juguetes, y el patrimonio de obsequiar, siempre envuelto en un halo de hechizo y deseo, era exclusividad pura de aquellos tres ilustres que los chicos recitábamos como si fuese una delantera de la felicidad: Melchor, Gaspar y el Negro Baltazar.

Tiempo atrás, no tan atrás, regalar suponía un aura de sorpresa, inventiva y esmero, acaso una pizca de magia y de azar

Hoy los tiempos cambiaron. Y si bien a ningún padre se le ocurre la posibilidad de que sus hijos pequeños elijan cambiar sus regalos para reyes  o de Papá Noel –al menos por ahora-, lo que dijo aquel vendedor frente al pelotón de clientes que buscaba su cambio, ya desvanecido el recuerdo de los Reyes y su esplendor pretérito, esboza a su manera un trazo simple y lúcido sobre el mundo actual.

Tiempo atrás, no tan atrás, regalar suponía un aura de sorpresa, inventiva y esmero, acaso una pizca de magia y de azar. En estos días, sin embargo, notamos que los regalos pasan más por la persona que los recibe que por la que los hace y, al amparo de una cultura que se ha vuelto práctica y retornable, ya no se regala ni cuando se hace un regalo. Porque si bien es verdad que regalamos y nos regalan con puntualidad, en un acto que nuestra cultura se empeña en mantener, también lo es que regalamos y nos regalan como si fuese otra de las tantas obligaciones que tenemos que asumir. Como ir a votar. O como renovar un documento.

A lo mejor existan los que mueven cielo y tierra por encontrar el objeto deseado y se devanan el cerebro pensando en la mejor opción para dar la sorpresa –a ellos mis disculpas-, pero lo cierto es que si uno recorre los negocios por estos días, después de las Fiestas, se va a encontrar con una realidad incuestionable: en vez de lucir desolados, ya exprimidos por las compras de fin de año, los vemos visitados por largas filas de personas que, sin una sola mueca de sorpresa, llevan en sus manos aquello que les regalaron pero quieren devolver. Doy prueba. Si uno intentara una antropología sentimental del consumo, como lo define el mexicano Juan Villoro, no podría pasar por alto el hecho –científicamente comprobable, supongo- que, aunque no mayoría, son cada vez más los regalos que se devuelven para un cambio y, por tanto, encontrar aquí parte –sólo una parte- del nudo gordiano de la cuestión: ¿Por qué alguien regalaría algo que después se va a devolver? ¿Para qué sorprender? Es lógica pura: de nada importa elegir una blusa para la prima Clara o una corbata para el tío Mario si después nuestros parientes van a cuidar más el envoltorio que su contenido por una sola razón: poder hacer el cambio. ¿O es que uno devuelve porque el otro en realidad no se esmeró? ¿Qué es primero: el huevo o la gallina de regalo?

Un artículo reciente del New York Times hacía referencia al asunto y destacaba lo afianzada que estaba la costumbre en Estados Unidos. Según ese diario, las devoluciones de regalos habían sumado 260 mil millones de dólares en un año, y siete de cada diez estadounidenses ya no elegían una sorpresa sino que regalaban gift cards (tarjetas de regalo y sus distintos valores) o participaban de alguna de las tantas listas de casamientos, cumpleaños y aniversarios que, como aquí, ofrecen desde casas de electrodomésticos hasta agencias de turismo.

Aunque por estos lados no contamos con ese nivel de precisiones –tampoco con otros, en realidad-, no hace falta ser un antropólogo social para comprender que hoy en día el acto de regalar está cambiado, valga la redundancia del concepto. Hoy ya no elegimos regalos para el otro: compramos cosas para que el otro las cambie. Incluso se lo decimos cuando le entregamos el regalo (o lo que hace de regalo): “Tenés treinta días para cambiarlo”.

A nadie se le ocurre ofenderse si la prima Clara cambia la blusa que le dimos por otra de un color distinto. O si el tío Mario devuelve la corbata y pide en cambio una camisa y hasta paga la diferencia por ella (¿en ese caso a quién moralmente le correspondería pagar, al que regaló o al que hizo el cambio?). Tampoco nadie se siente culpable ni desagradecido por ir a cambiar un jogging como los que usa Nicolás Maduro por alguna otra cosa que considere más útil y usable (también de eso doy prueba). Hoy ya no regalamos, si por regalar se entiende elegir y pensar en función de la sorpresa del otro: hacemos que el otro se regale lo que quiera. Como si en realidad nosotros no tuviésemos nada que ver. ¿Es mejor? ¿Es peor? “El regalo perfecto no un objeto que alguien puede darte –alecciona el siempre empresarial Spencer Johnson-, es un presente que sólo vos podés regalarte”. Cierto o no, el hábito de devolver y cambiar regalos como en una negociación ya pactada de antemano, ya asumida como algo natural, hace que uno se permita, aunque sea por un rato, extrañar esos días de misterio y ansiedad en que los Reyes y sus regalos de ensueño todavía existían. Sin tanta lógica o pragmatismo. Sin ninguna posibilidad de cambio.

Tags: regalos originales

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