Si te vas de vacaciones a Bariloche, hacé escala en Piedra del Aguila

Entre el río Limay y la meseta, Piedra del Aguila es una base ideal para pescar truchas y practicar actividades de aventura.


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Antes de meterse de lleno en la Región de los Lagos del Comahue, la ruta 237 recorta la meseta de Neuquén con una fatigosa recta de nunca acabar, hasta que –sin horizonte a la vista– se decide a superar la monotonía y añade a su trayecto una magnífica combinación de formaciones montañosas con el agua turquesa de dos represas, encargadas de refrenar el precipitado avance del río Limay hacia el mar.

Desde la cima puntiaguda de un promontorio, un par de jotes y un chimango parecen asumir el rol de silenciosos vigías de una inmensa comarca desolada. Pero no es todo: la muralla de roca colorada dibuja un semicírculo y oculta las edificaciones de Piedra del Aguila, una localidad nacida a fines del siglo XIX sin más pretensiones que la de constituirse en un mojón en el desértico camino a Bariloche.

La construcción de los complejos hidroeléctricos Pichi Picún Leufú y Piedra del Aguila cambió rotundamente el paisaje hostil, para brindar un reparo a los viajeros. Con la irrupción de las moles de hormigón tomó forma un escenario bastante más amable, que consiguió por fin quitarse el estigma de “lugar de paso”.

Ese constante flujo de visitantes, que ahora prefieren desensillar y descubrir los perfiles de esta escala, es un estímulo para la curiosidad de las aves de gran tamaño, mientras sus miradas penetrantes son devueltas por los movimientos frenéticos de los aficionados al trekking, el rappel, la escalada y la tirolesa. Son turistas con los sentidos en alerta, habituados a la aventura, que saben apuntar sus cámaras y gatillar en el momento preciso para llevarse el registro de uno de los momentos más anhelados.

Aves a la vista

Es tan conmovedor el encuentro cara a cara en las alturas con esas enormes criaturas carroñeras, clavadas inmóviles sobre la pared de basalto de 70 millones de años de antigüedad, que en el trayecto de regreso al pueblo va disminuyendo la atracción del Monumento al Aguila, una escultura erigida en emblema local desde 1997.

Sin embargo, ese efecto perturbador –que incluso provoca admiración– vuelve a agitarse por los tallados sobre piedra esculpidos sobre la ladera por Juan Borges Linares. La magistral obra del artista español rescata el legado que dejaron los pobladores originarios en esta región barrida impiadosamente por los vientos andinos.

La impronta mapuche –una pieza fundamental de la cultura local– también revive en el Museo Arqueológico de Piedra del Aguila, donde se pueden recabar todos los datos disponibles sobre la construcción de las represas del Limay, informarse acerca de hallazgos de flora y fauna extinguidas durante la prehistoria y conocer la evolución del pueblo desde sus orígenes hasta la actualidad.

Aguas abajo de los embalses Piedra del Aguila y Pichi Picún Leufú, el Limay adquiere las dimensiones de un soñado Edén para los pescadores deportivos de salmónidos. Las modalidades con mosca y spinning liviano premian la perseverante pasión de sus cultores –metidos hasta la cintura en las aguas cristalinas– con piezas de trucha marrón de hasta 5 kilos y respetables ejemplares de arco iris y perca. La buena estrella también suele iluminar a los que prefieren el desafío de una excursión embarcada. Advertidos de los generosos pozones que recubre el río, los guías ponen proa hacia el este y llevan a sus pasajeros hasta el tramo Medio del Limay.

Excepto las gigantescas presas de hormigón que ensanchan el cauce del Limay y usufructúan sus aguas veloces, el mismo paisaje patagónico –vasto y decididamente austero– que hoy se extiende en las afueras de Piedra del Aguila alimentó el espíritu aventurero de Ernesto Guevara y su amigo Alberto Granado, cuando se detuvieron aquí en 1952. De esa forzosa escala del Che en su primer derrotero de nueve meses por Latinoamérica se mantiene estoicamente en pie el providencial taller mecánico, donde fue reparada su castigada moto Norton 500.

Sabrosa despedida

Los tiempos cambiaron notoriamente desde el fugaz paso del revolucionario por esta antesala del bosque andino y la Cordillera. El avance tecnológico redujo los riesgos de la aventura a la mínima expresión y los turistas que se lanzan al Limay para bucear o navegar en kayak o windsurf desde el balneario y camping Kumelkayén (a 5 kilómetros de Piedra del Aguila) disfrutan del río sin tensiones, mientras experimentan la agradable sensación de formar parte del entorno natural. Algunos extienden más tarde ese programa placentero en alguno de los restaurantes del pueblo, estimulados por el potente sabor de un plato de trucha a las brasas, el inigualable lomo de jabalí a la olla negra o el típico ciervo a la cazadora. Recién entonces terminan de percibir que desde los márgenes del río hasta sus sencillas viviendas y las bardas de la meseta, Piedra del Aguila reúne algunas de las más seductoras piezas sueltas de la Patagonia Norte.

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